El Parque de Pena fue diseñado a mediados del siglo XIX por el rey Fernando II, un hombre que, al ver un monasterio en ruinas en lo alto de una colina envuelta en niebla, pensó: «Sí, esto necesita un palacio de cuento de hadas y 200 hectáreas de bosque exótico». El parque es un ejemplo clásico del diseño paisajístico romántico: deliberadamente salvaje, lleno de sorpresas y concebido para que te sientas como si hubieras entrado en un cuadro.


















